Al amanecer el mundo está lleno de promesas, todo por
estrenar y por sentir, las respiraciones se oyen lentas. El sol sale para el
vivir de las bestias, para el crecer de las plantas; para rivalizar contigo,
musa de verano.
Y ahí estamos, aquellos que no dormimos, solo soñamos lo que
querríamos ver y lo escribimos. Historias de oportunidades, de sueños (a veces
rotos, a veces intactos como tú cuando te despiertas y todo está por hacer), de
realidad, pero sea lo que sea le inyectamos gramos de ilusión, de meticuloso
trabajo y le dedicamos un tiempo irresponsable.
Es en ese tiempo, cuando todo descansa, cuando todo está en
su más profunda calma, que en mi, se me postra clara y opaca la inspiración.
Es melosa y dulce, seduce como un Porsche, pero lo que más
pone es que su roce sea duradero, poder gritarle al tiempo, que ya no le temo.
Porque aunque deje un momento el folio, cuando vuelva, la tinta volverá a
correr, mis ideas subirán a un nivel que será espacio infinito.
Y es por eso, que hoy empiezo algo más que lo que hice ayer,
siempre será menos de lo que tendré hecho mañana. A veces en verso, otras en
prosa. Será palabra tras palabra con tacto suave y maravillosa.
Vamos a intentarlo.
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